Ocurrencias en el metro
Febrero 21, 2007
Viajar en la línea 10 del metro de Madrid a las siete y media de la mañana no es una de las experiencias más excitantes que te pueden suceder en la vida. Muchas veces no es ni siquiera una experiencia, sino un estado de semiinconsciencia en el que la única actividad de tu intelecto es agarrarte a una barra y encontrar una pizca de aire para respirar.
Sin embargo, hoy ha sido diferente, el metro no iba excesivamente lleno (eso quiere decir que tenía un sitio bien definido donde poder asentar mis pies), y mi cerebro hizo dos consideraciones curiosas (curiosas dadas las circunstancias ya descritas, quiero decir).
Primera consideración: Joven embarazada que está de pie y a la que nadie cede el asiento. No, no voy a describir aquí un acto de caballerosidad o de caridad cristiana (hoy es Miércoles de Ceniza), por el cual acudí raudo en ayuda de la indefensa dama, e increpé a los insolidarios que no habían cedido gentilmente su asiento a aquella contribuyente a la maltrecha natalidad española.
No, no voy a describir tamaño acto virtuoso, porque sencillamente no tuvo lugar. La verdad es que cuando yo voy sentado en el metro, casi nunca me doy cuenta de si hay alguien que está de pie al que debería ceder mi asiento. Hoy iba de pie, pero mi autismo era el mismo, así que tampoco me apercibí de la presencia de la embarazada, pero otro señor sí. Este señor sí que increpó a los que no cedían su asiento… Bueno, en realidad no los increpó, sino que les llamó la atención… Bueno, tampoco les llamó la atención, sino que le llamó la atención. Con esto quiero decir que hizo levantarse a un señor en concreto, y aquí es donde viene la gracia, ¿adivinan a quién?, pues al que tenía encima un cartel similar al de la foto (el de la foto es del metro de Ciudad de Méjico, pues no he encontrado ninguno del de Madrid, pero ambos son muy similares, se diferencian sólo en que el de Madrid en vez de un WC, pues no lo hay, tiene dibujado un señor con muletas). O sea, que si tu asiento no está debajo de ese cartel, no estás obligado a cedérselo a nadie, ya sean embarazadas de nueve meses, ancianos centenarios o lisiados de las Guerras Carlistas, ¿es así como funciona?.
Segunda consideración: Me pongo a leer, ya que ahora mismo estoy sin libro (esto lo tengo que explicar en otra entrada), un cartel de la promoción Libros a la calle. Se trata de un fragmento de La tesis de Nancy, una obra de Ramón J. Sender, del que no había leído nada antes, y me resulta gracioso.
Después de leerlo, mis ojos se van un poco más arriba, y se dan cuenta de que la situación descrita en el texto se ilustra perfectamente por medio de un dibujo, pero yo, con el déficit de atención matutino, ni lo había vislumbrado. Eso me hizo recordar videomontajes o diapositivas que algunas veces me han enseñado para demostrar la poca capacidad de atención de la mente humana. Concretamente había uno sobre un tipo australiano que revolucionó el mundo del cine antes que los hermanos Lumière, otro sobre un grupo de estudiantes haciendo el imbécil con una pelota, otro de buscar el número de veces que aparecía una letra en un texto… y eso me hizo pensar que no he mejorado nada desde aquellas ocasiones, que se me darán muy bien las matemáticas, los idiomas y la física, pero que no soy lo suficientemente avispado como para darme cuenta de las embarazadas que me rodean.
Salir de noche (y II)
Febrero 16, 2007
Hablaba el otro día de los inconvenientes de la marcha nocturna, y de cómo a mí no me resultaba tan fascinante como a la gente con la que salgo (o eso parece, por lo menos). Como la retahíla de improperios contra este tipo de ocio quedó inconclusa, voy a intentar acabarla con esta entrada, y así resarcirme de ese regusto a hipocresía que me queda cuando después de una larga, cansina y desaborida noche me preguntan si me lo he pasado bien, y siempre contesto afirmativamente, si bien con poco entusiasmo.
En conexión con la falta de perchas y el aire viciado de tabaco, podría hablar ahora de los infectos cuartos de baño que suelen encontrarse en estos locales. Ya sé que la gente, a esas horas, y con lo que lleva en el cuerpo, no va a poder hacer muchos alardes de puntería a la hora de vaciar su vejiga, pero eso no justifica que todo el suelo quede encharcado, o a lo mejor sí, teniendo en cuenta la racanería de la que hacen gala muchos garitos a la hora de reservar espacio para estas funciones. Ya no es sólo lo reducido del espacio, sino la cutre elección del modelo de sanitarios: urinarios minúsculos situados a una altura adecuada más bien para niños de ochos años, que parecen diseñados para robarte la intimidad a la hora de miccionar, inodoros, también diminutos, desprovistos de tapa y de asiento, por supuesto sin papel higiénico, y cuya única utilidad es hacerte rezar para que no te entre un apretón, largas colas de espera, alta concentración de borrachos y pastilleros, un panorama encantador, sin duda.
La bebida. No voy a hablar aquí de que si ponen garrafón, que si las copas están muy caras… Voy a hablar de la falta de comida. Obviamente un bar de copas no es un restaurante, pero las copas entran mejor con algo para picar, digo yo. He oído hablar de que en otras ciudades de España sí que es frecuente que puedas comer algo en estos sitios, incluso en Galicia parece ser que puedes comerte un buen bocata (esta región en eso del buen comer suele estar bastante en la vanguardia), pero lo que es en Madrid, más vale que vayas bien cenado, si no quieres que ya la segunda copa empiece a subírsete a la cabeza.
El ¿a dónde vamos ahora?. Esa peligrosa indecisión a las tres de la madrugada de una fría noche invernal madrileña. Hacer una ronda por muchos bares está muy bien, pero por favor, resérvese sólo para estaciones templadas o cálidas. En el fondo esto pasa muy frecuentemente cuando un local no está muy animado, dando igual que el grupo con el que salgas sea bastante grande, porque está claro que cuando se sale de noche tu pandilla no puede llegar a ser nunca autosuficiente. Luego se acabará en un garito abarrotado, donde las probabilidades de socialización con nueva gente seguirán siendo muy reducidas, pero a cambio con seguridad te pasarás varias horas aguantando empujones de los que salen a la calle, si te cambias de sitio, serán los empellones de los que quieren entrar al baño, si vuelves a cambiar, sufrirás los apretones de la gente que se acerca a la barra, y cuando crees que ya has encontrado el sitio perfecto, las luces del local anunciarán que ya es hora de largarse.
Y en ese momento, si ya no estás en edad o con ánimos de ir a un After-Hours, será el momento de pensar en cómo demonios volverás a casa. Aunque uno ya está ganándose la vida, los sablazos del taxi siguen siendo muy dolorosos, y aunque el transporte nocturno en la capital es bastante aceptable, las conexiones con las poblaciones de la periferia son ya otro cantar. Si acabas de perder un búho, y es invierno, más vale darse una buena caminata de tres cuartos de hora para no acabar congelado. Y conviene que te apresures a coger un asiento en la zona delantera del bus, si no quieres ir entre porreros de dieciséis años, que te recuerden que te estás haciendo viejo, que tú ya no pintas nada en un búho, y que el hecho de que estés escribiendo una entrada de tu blog un viernes a las doce denota una vida social mejorable, y que el que no te guste salir de noche no constituye una buena excusa.
Salir de noche (I)
Febrero 11, 2007
Parece mentira que a punto ya de cumplir veintiséis años, todavía no haya asimilado bien este ritual social de las salidas nocturnas. Claro que mi trayectoria vital, que hizo que no empezara a frecuentar pubs y discotecas hasta tener veinte años (salvo una vez que fui con dieciséis, sin saber que no debía, aunque me lo olía), no ha favorecido mucho mi inclinación por este tipo de antros en los que se supone que uno se lo pasa mejor que en cualquier otro sitio.
El primer factor que me dificulta la diversión es el ruido. Yo ya tengo suficientes dificultades para socializarme como para encima tener que elevar la voz por encima de mis límites, aprender a leer los labios de los demás o comerle la oreja a una chica para contarle una gracieta. El ruido atrofia mi capacidad para hilvanar una conversación interesante, en la que se intercambien más de cuatro o cinco frases, con la cual poder atraer la atención de los que me rodean, de modo que la mayor parte de mi tiempo la paso pegado a algún corrillo, intentando enterarme a duras penas de lo que se dice, y riendo cuando los demás se ríen, aunque no sepa de qué.
Otro aspecto que detesto es el tabaco. Sencillamente no soporto que al llegar a casa en invierno a las 5 de la madrugada tenga que poner rápidamente toda mi ropa a lavar, y colgar mi abrigo en el tendedero para que se airee, pues si los metiera en mi habitación ésta apestaría inmediatamente a tabaco (y aún tomando estas precauciones uno no amanece oliendo a flores precisamente). La verdad es que ya que se aprobó la Ley Antitabaco, podrían haberla hecho al estilo de la italiana o irlandesa, donde los fumadores se tienen que fastidiar y salir a fumar a la calle, también en los pubs. Ya sé que esto suena muy antiliberal, opresor y elenasalgadiano, pero es que, de verdad, el tabaco apesta.
También me enfada bastante entrar a locales donde uno no encuentra sitio para dejar su abrigo sin peligro de que alguien derrame su copa encima. La verdad es que anoche me llevé una sorpresa agradable al entrar en un garito con guardarropa gratuito, así que les voy a hacer publicidad (es un decir): La Chocita Sueca (búscala en esta página). Y es que al precio que se cobran las copas, los dueños de los pubs y discotecas podrían tener un poco de consideración con su clientes y poner más perchas por las paredes (ni menciono los sitios pijísimos donde encima de pagar la copa a 8€ o más, si tienen guardarropa te lo cobran aparte).
Esto no ha hecho más que comenzar, la marcha nocturna tiene otros muchos inconvenientes que merece la pena comentar, pero esto se hará en una próxima entrada (no hago esto por falta de creatividad, lo de escribir más de una entrada por el mismo tema, sino porque tengo mucho sueño, anoche salí hasta las tantas y mañana me levanto a las 6:30, la vida nocturna es lo que tiene).
The Hobbit
Febrero 9, 2007
A pesar de su título, no voy a escribir esta entrada en inglés, pues esta lengua está ya más que suficientemente extendida en la red, cosa que no puede decirse del español, un idioma que pese a ser hablado cada vez por más gente, parece que le cuesta despegar como vehículo de comunicación en Internet. Baste como ejemplo la Wikipedia, que a día de hoy cuenta con 1628412 artículos en inglés (supremacía absoluta) contra sólo 199123 artículos en español. Pero siendo esta comparación sangrante, me enervo más todavía mirando el estado de la Wikipedia en otros idiomas: 441598 artículos en francés y ¡540154 artículos en alemán!. Que el francés gane al español, pese a que pueda herir mi orgullo patriótico al ser superado por los gabachos, es algo que puedo comprender teniendo en cuenta la importancia pasada de este idioma, que ha sido lengua de la diplomacia, y la lengua extranjera que se estudiaba antes de que se impusiera el inglés. Pero que los artículos en alemán sean más del triple que los que hay en español es algo que sencillamente no me entra en la cabeza (y la tengo bien grande). A fin de cuentas el alemán es una lengua hablada sólo en un continente. Vale, es la lengua que más hablantes nativos tiene en Europa, pero de todos modos esto yo creo que es un síntoma del atraso tecnológico que todavía tiene el mundo hispánico respecto a otros ámbitos culturales. Así que ahora mismo formulo un firme propósito de escribir cuanto antes un artículo de la Wikipedia en español, por ejemplo, sobre los pueblos de mis padres (de paso así me entero del funcionamiento de esta enciclopedia, laguna cultural que debo reparar cuanto antes).
El caso es que la entrada de este blog no era sobre la penetración de nuestro bello idioma en Internet, sino sobre un libro que he comenzado a leer, y que ya estoy a punto de acabar. Se trata, como no, de The Hobbit, cuyo título he puesto en inglés porque lo estoy leyendo en versión original (leer a Tolkien en inglés resulta algo árido al principio, pero cuando ya te has acostumbrado a su estilo y te has familiarizado con el vocabulario que más usa resulta un auténtico placer). Claro que no es lo mismo El Hobbit que El Señor de los Anillos, sencillamente la calidad literaria de ambas obras no puede compararse (hay que ver lo audaz o caradura que me estoy volviendo, yo que no tengo ni idea de literatura atreviéndome a calificar las obras de Tolkien), pero a cambio El Hobbit es mucho más breve, la acción transcurre con más agilidad y es más divertido (no sé por qué siempre que hay enanos de por medio el tono de la historia se hace mucho más cómico). Como contrapartida, las descripciones de personas y lugares no son todo lo minuciosas que nos gustaría, Gandalf mola mucho más en El Señor de los Anillos (es que eso de I am servant of the Secret Fire, wielder of the flame of Anor. You cannot pass. The dark fire will not avail you, flame of Udûn. Go back to the Shadow! You cannot pass deja sin aliento a cualquiera), el Señor Oscuro asusta mucho más que un dragón, y la presencia de personajes femeninos, ya escasa en El Señor de los Anillos, en El Hobbit es sencillamente inexistente. Pero bueno, que el libro me está gustando mucho, y cuando me lo termine prometo una entrada nueva en este blog para plasmar más impresiones que he tenido con su lectura.

