Tiempo de Marte se las traía, pero el siguiente libro que he leído es aún más desesperante. ¿Razón para haberlo elegido?. En primer lugar, en un meme de estos en el que un amigo descubría sus secretos confesables, al hablar de su libro preferido, nombró a Alessandro Baricco y su novela Océano Mar, y decía “os lo aconsejo —en serio— es muy bueno”. La verdad es que conociendo a mi amigo, y la gran disparidad de criterios que tenemos en otras áreas artísticas —principalmente la Arquitectura— no sé por qué me arriesgué a leer este libro. Tal vez esta pretenciosidad intelectual que me ha atacado últimamente tras haber leído un par de bestsellers españoles seguidos, y que me ha llevado ahora a coger de la Biblioteca Municipal otros dos libros de cierto nivel (aunque creo que algo más normalitos que los anteriores). O tal vez el hecho de que el autor sea italiano. ¡Qué maravilla la literatura italiana: Dante y su Divina Comedia, que jamás he sido capaz de leer, Luigi Pirandello y su Seis personajes en busca de autor, la invención del teatro dentro del teatro (con el permiso de nuestro Calderón de la Barca y su auto sacramental El  gran teatro del mundo), Susanna Tamaro, tan tierna ella, Claudio Magris, tan cosmopolita, Umberto Eco, el inventor del bestseller ilustrado, Monica Bellucci, que no escribe pero que está buenísima, las pizzas, los gelati, los Museos Vaticanos… que había que leer a Baricco caramba, que no podía consentir esa laguna en mi incultura.

Pequé con Philip K. Dick, tal vez venialmente, pero con Océano Mar esto se acerca ya al pecado grave, aunque ya lleva en él su penitencia. Los tres libros que componen esta novela corta: Posada Almayer, El vientre del mar, Los cantos del retorno no tienen casi sentido. Una posada en un lugar que no existe al borde del mar, un pintor que sólo pinta cuadros blancos (aunque seguro que se puede encontrar alguno así en la realidad), un científico que busca definir enciclopédicamente los límites del mar, una adúltera reincidente, una niña que necesita vivir entre alfombras blancas porque sino cree que se va a morir (y que queda curada tras echar un buen polvo —muy poético, eso sí—), acompañada de un oscuro curilla sin oficio ni beneficio, un hombre que parece un animal al acecho pero con poderes telepáticos y el personal de la posada, con una edad por debajo de la mínima obligatoria para trabajar. La descripción del naufragio de un barco es en algunos aspectos vomitiva —literalmente, dan casi ganas de vomitar con tanta descripción de miembros amputados, y lo intentos de comer excrementos— aunque después de todo es la parte menos rara del libro.

Creo que ya he tenido ínfulas intelectuales suficientes para mucho tiempo, así que ahora toca ir bajando el listón —poco a poco, eso sí— con un libro de Charles Dickens, según dicen el mejor de él (aunque esto será completamente subjetivo) y otro de John Le Carré, comenzando por este último, con el que tuve el intento fallido de leer La Casa Rusia, pero las primeras páginas del libro que tengo entre las manos tienen muy buena pinta…

One Response to “Otra de literatura complicada”


  1. [...] me he acabado los dos libros que tenía en cola, que me han dejado bastante mejor sabor de boca que los dos [...]


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