¡Qué gran personaje!. Hijo del duque de Gandía, cortesano de Carlos V, padre de ocho hijos, su vida dio un vuelco al contemplar el cadáver de la emperatriz Isabel de Portugal, la reina más guapa que ha tenido y probablemente tendrá jamás España (no estoy diciendo que doña Letizia no vaya a ser reina —no soy profeta ni hijo de profeta, y de momento no se han quemado fotos suyas— es que Isabel era aún más guapa que ella), pues viendo la corrupción de la muerte y lo fugaz de esta vida en este triste valle de lágrimas decidió nunca más servir a un señor que se pueda morir, de modo que en buena lógica decidió hacerse jesuita.

Era tanto su prestigio que fue elegido como sucesor nada más y nada menos que al padre Laínez (sucesor a su vez de Ignacio de Loyola) al frente de la Compañía de Jesús, habiendo ya renunciado previamente a sus títulos mundanos (duque de Gandía) en el momento de ingresar en la Orden. Precisamente hay gente un poco maliciosa que contrasta este episodio de su vida con el de otro santo de otra institución de la Iglesia Católica, que ayer celebraba el 79 aniversario de su fundación (prepárense para la jarana que armarán el año que viene con el octogésimo) bajo el patrocinio de los Santos Ángeles Custodios, y que en vez de renunciar a los títulos se dedicó a solicitar uno cuando ya era sacerdote. Pero naturalmente esa chusma no entiende la diferencia esencial existente entre la espiritualidad de la Compañía de Jesús y la de la otra institución. Si ese santo solicitó un título siendo sacerdote, fue para enseñar a sus dilectísimos hijos e hijas a comportarse con una mentalidad laical, alejada de posturas clericales añejas (no confundir mentalidad laical con laicismo), y la solicitud de títulos nobiliarios puede ser tan buena ocasión para predicar con el ejemplo como cualquier otra.

A mí me llama más la atención otra diferencia: que se eligiera como Prepósito General a un hombre viudo y posteriormente ordenado. De hecho, dudo que sea canónicamente posible que en la otra institución pueda haber una persona en esta situación, y aunque sí lo fuera, creo que sería altamente improbable que fuera llamado a ocupar el puesto de máxima responsabilidad dentro la Institución. También es curioso el hecho de que enmendara la plana al fundador en un detalle: fijar el tiempo de oración mental de los jesuitas en una hora por las mañanas, cuando inicialmente la duración de este ejercicio de piedad se dejaba a discreción de cada uno (en este aspecto los jesuitas del siglo XX volvieron a la norma primigenia. Y digo en este aspecto, porque en otros han tomado direcciones un poco confusas). Por último, destacar que durante su generalato la Compañía de Jesús alcanzó la estructura, esplendor e influencia que la caracterizó durante cuatro siglos largos (nuevamente en el siglo XX el esplendor de la Compañía también entró a debate), con sus famosos colegios, sus misiones y sus mártires. Después de San Francisco de Borja pasarían más de cien años antes de que se eligiera a otro español como Prepósito General: Tirso González, pero todavía pasaría mucho más tiempo hasta que surgiera otro con la influencia histórica que tuvo San Francisco de Borja: el padre Arrupe. Ahora bien, si dicha influencia fue en este caso para bien o para mal, sólo Dios lo sabe.

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